En la antigua tradición celta, Samhain marcaba el final del verano y el inicio del invierno, un momento crucial en el calendario celta donde se creía que los espíritus de los ancestros podían cruzar al mundo de los vivos.
Esta festividad, también conocida como el Festival de los Muertos, celebraba la conexión entre la vida y la muerte, y la transición de un año a otro.
