Una historia con el médico argentino Domingo Liotta

– creador del corazón artificial – como protagonista.

Por Antonio Las Heras

 

 

Si bien ya los sabios de la Antigüedad habían deducido que existe en lo humano algún tipo de función que nos permite producir procesos de invención, creación y descubrimiento vedados a las demás especies, fue – recién a comienzos del Siglo XX – Sigmund Freud quien, al describir la existencia de un aspecto en la mente humana – al que llamó “inconsciente” – lo que nos permitió comenzar a comprender la naturaleza y funcionamiento de tales procesos mentales.

De manera tal que “lo inconsciente” – de naturaleza no física – sería el reservorio de lo reprimido y censurado. Para decirlo de una manera accesible a todos: ¿dónde están esos recuerdos que hemos olvidado, pero que – de pronto, en cierta ocasión – volvemos a acordarnos de ellos? ¿Por qué a través de hipnosis regresiva podemos llevar a la consciencia hechos – tanto reales como imaginarios – que no recordábamos? Despertamos y tenemos consciencia de que hemos tenido unos sueños que nos conmovieron. Empero no recordamos en qué consistieron, ni qué pasó en ese universo onírico. Están reprimidos. No perdidos. Se encuentran en “lo inconsciente.”

Ahora bien, eso que estamos denominando “lo inconsciente”, ¿tiene alguna preponderancia en las decisiones conscientes que tomamos?, tanto lo que hacemos cuánto lo que no hacemos así como la manera en que encaramos las situaciones ¿están condicionados por lo inconsciente?

Desde Sigmund Freud pasando por el sabio suizo Carl G. Jung hasta nuestros días, ha quedado comprobado – aunque a muchos les resulte asombroso e increíble – que prácticamente todo cuánto constituye nuestra vida cotidiana se encuentra influenciado – por no utilizar un término más drástico: “decidido” –  por esos aspectos psíquicos inconscientes.

Como ejemplo de cómo funciona esto en la mente humana, vamos a dar un caso que nos toca muy de cerca, pues se trata de un argentino de fama y prestigio científico mundial.

El protagonista de nuestra historia – hijo de inmigrantes italianos – nació el 29 de noviembre de 1924 en Diamante, entonces un pequeño pueblo de la provincia de Entre Ríos. Cursó la escuela primaria en el Colegio Independencia de su lugar natal y la secundaria en el Colegio Justo José de Urquiza situado en la cercana localidad de Concepción del Uruguay.

Aquel joven deseaba continuar estudiando. Concurrir a la universidad. Convertirse en un ejemplo más de “m´hijo el dotor.” Pero no era posible pues la familia carecía de recursos económicos. Con perseverancia y esfuerzo, al fin lo logró. Merced a una beca del gobierno pudo ingresar a la Universidad Nacional de Córdoba donde egresó como médico y en 1953 obtuvo el doctorado. Enseguida desarrolló una técnica para el diagnóstico precoz del tumor en páncreas y todo hizo suponer que, por esos temas, continuaría su vida profesional. Pero no fue de ese modo.

Por razones políticas, se vio obligado a emigrar a Europa, donde continuó trabajando exitosamente en Medicina. Pero cambió de especialidad. Algo lo llevó a convertirse en cardiocirujano.

En 1958 regresó a la Argentina y a Córdoba. Entonces comenzó a realizar los trabajos que lo llevaron a construir el primer corazón artificial que haya habido en el mundo. El éxito fue tal que en 1961 fue contratado por el Baylor College of Medicina (Houston, E.E. U.U.) como director del programa para corazones artificiales del célebre Baylor College of Medicina (Houston, E.E. U.U.)

Aquel niño, lleno de sueños, fantasías y esperanzas, nacido en medio de la campiña, hijo de inmigrantes, era – ahora – un destacado profesional de prestigio mundial. Aún vive. Aquí, en la Argentina. Tiene 97 años de edad. Sigue activo. Se llama Domingo Santo Liotta.

Todo esto es muy importante, claro está. Lleva a preguntarse ¿cómo alguien que nació en condiciones aparentemente tan adversas para convertirse en científico de reconocimiento mundial llegó a serlo? Empero lo que deseamos destacar es otra cosa. Mucho más sorprendente, a nuestro juicio.

Por que sucede que cuando Liotta visitó Concepción del Uruguay para recibir el doctorado honoris causa de la universidad que allí funciona, se lo invitó – también – a recorrer el establecimiento donde hizo sus estudios secundarios. En un momento del recorrido por el establecimiento, el bibliotecario sorprendió al científico al extraer de los archivos un escrito realizado por aquel adolescente durante el año en que obtuvo su título de bachiller. Un escrito que Liotta de ningún modo recordaba. Un escrito que parecería imposible de ser redactado por un niño en aquel 1941. Tiempos sin televisión, sin redes sociales, sin viajes a la Luna, sin satélites espaciales… comunicado con el mundo sólo a través de la radio y de leer algún diario porteño que llegaba con alguna demora.

Lo sorprendente y relevante de ese trabajo obra del adolescente Liotta es que se refiere a la realización de un corazón artificial que se usaría en personas a las cuales el corazón propio ya no les funcionaba bien. ¡Esa era la fantasía desarrollada por aquel Liotta de, apenas, 17 años de edad!. Fantasía que, luego, se borró de su consciencia; pero que permaneció agazapada en lo inconsciente hasta manifestarse en un momento determinado. De manera que vale afirmar que lo realizado como científico no fue otra cosa que concretar aquella construcción imaginaria de su adolescencia. Parecería una prueba inequívoca de que el psiquismo inconsciente guía nuestros pasos.

¡Vaya ejemplo de la existencia de asombrosos laberintos en la mente humana!

Antonio Las Heras es doctor en Psicología Social, magíster en Psicoanálisis, parapsicólogo, filósofo, y escritor. Su más reciente libro es “Atrévete a vivir en plenitud.” www.antoniolasheras.com